El anticristo. 61

Aquí es preciso volver a evocar un recuerdo que es aún cien veces más penoso para los alemanes. Los alemanes han robado a la Europa la última gran cosecha, la última cosecha que ha producido Europa, la del Renacimiento. ¿Se comprende fácilmente, se quiere comprender qué fue el Renacimiento?

Fue la transmutación de los valores cristianos, fue una tentativa, hecha por todos los medios, con todos los instintos, con todo el genio, para conducir a la victoria los valores contrarios, los valores nobles…

Hasta ahora no ha habido más que esta gran guerra, hasta ahora no ha habido posición de problemas más decisiva que la obrada por el Renacimiento, mi problema es su problema…: ni tampoco ha habido una forma de asalto más sistemática, más derecha, más severamente desencadenada sobre todo el frente así como contra el centro.

Atacar en el punto decisivo, en la sede del cristianismo, poner allí en el trono los valores nobles, o sea introducirlos en los instintos, en las más profundas necesidades y deseos de los que tenían allí su sede…

Yo veo ante mí una posibilidad de fascinación y de encanto de aquellos, completamente subterránea: me parece que esta posibilidad resplandece en todos los estremecimientos con una belleza refinada, que en ella obra un arte, tan divino, tan diabólicamente divino, que en vano se encontraría a través de milenios una segunda posibilidad semejante: veo un espectáculo tan rico de sentido, y, al mismo tiempo, tan maravillosamente paradójico, que todas las divinidades del Olimpo habrían prorrumpido en una carcajada inmortal: “¡César Borja papa!” ¿Se me entiende? Pues bien: ésta habría sido la victoria que hoy yo solo deseo…; ¡con ésta, el cristianismo quedaba abolido!…

¿Qué sucedió en cambio? Un fraile alemán, Lutero, llegó a Roma. Este fraile, que tenía en el cuerpo todos los instintos vengativos de un sacerdote fracasado, surgió en Roma contra el Renacimiento… En lugar de comprender con profundo reconocimiento el prodigio acaecido, la derrota del cristianismo en su sede, su odio supo sacar de aquel espectáculo su propio sustento. El hombre religioso no piensa nunca más que en sí mismo.

Lutero vio la corrupción del papado, siendo así que se podía tocar con la mano precisamente lo contrario: la antigua corrupción, el peccatum originale, el cristianismo no se sentaba ya en la silla papal. Por el contrario, se sentaba la vida, el triunfo de la vida.

El gran sí a todas las cosas bellas, altas, audaces… Y Lutero restableció la Iglesia: la atacó…

El Renacimiento: un hecho sin sentido, un gran en vano. ¡Ah, estos alemanes, cuánto nos han costado ya! Hacer todas las cosas vanas: tal fue siempre la obra de los alemanes. La Reforma; Leibniz; Kant y la llamada filosofía alemana; las guerras de liberación; el imperio; cada vez fue reducida a la nada una cosa que ya existía, una cosa irrevocable…

Estos alemanes son mis enemigos, yo lo confieso; en ellos desprecio yo toda especie de impureza de ideas y de valores, de vileza frente a todo sincero sí y no. Desde hace casi mil años han confundido y embrollado todo lo que han tocado con sus dedos; tienen en la conciencia hechas a medias, hechas por tres octavas partes, todas las cosas de que la Europa padece; tienen también sobre su conciencia la más impura especie de cristianismo que existe, la más insana, la más irrefutable, el Protestantismo…

Si no nos desembarazamos del cristianismo, los alemanes tienen la culpa…

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