El anticristo. 59

De este modo fue anulada toda la labor del mundo antiguo: no encuentro palabras con que expresar mis sentimientos ante un hecho tan monstruoso. Y considerando que aquel trabajo era una preparación, que precisamente entonces se echaban las bases para un trabajo de milenios con granítica conciencia, repito que todo el sentido del mundo antiguo fue destruido.

¿A qué fin los griegos? ¿A qué fin los romanos? Todas las condiciones de una docta cultura, todos los métodos científicos existían ya, ya se había encontrado el gran arte, el incomparable arte de leer bien; esta condición preliminar de una tradición de cultura, de la unidad de la ciencia, la ciencia natural en unión con la matemática y la mecánica, se encontraba en el mejor camino; el sentido de los hechos, el último y más precioso de todos los sentidos, tenía sus escuelas, su tradición ya vieja de siglos.

¿Se comprende esto? Todo lo esencial se había encontrado, se estaba en condiciones de ponerse al trabajo: los métodos, preciso es decirlo diez veces, son lo esencial, y son también la cosa más difícil y lo que tiene contra sí, durante más tiempo, el hábito y la pereza.

Lo que nosotros hoy hemos reconquistado empleando indecible violencia sobre nosotros mismos, porque todos teníamos aún en cierto modo en el cuerpo los malos instintos, los instintos cristianos, la mirada libre frente a la realidad, la mano circunspecta, la paciencia y la seriedad en las cosas mínimas, toda la probidad del conocimiento, existía ya cerca de dos milenios hace. Y además existía el tacto, el buen gusto, el gusto delicado. No como adiestramiento de cerebros.

No como cultura alemana por estilo mazacote, sino como cuerpo, como gestos, como instinto…; en una palabra, como realidad… ¡Todo en vano! ¡En veinticuatro horas no quedó más que un recuerdo!

¡Griegos! ¡Romanos! ¡La nobleza del instinto, el gusto, la investigación metódica, el genio de la organización y de la administración, la creencia y la voluntad de un porvenir para el hombre, el gran sí a todas las cosas visibles en calidad de imperium romanum visible a todos los sentidos, el gran estilo que no era ya simplemente arte, sino que se había convertido en realidad, caridad, vida…, y no sepultado en veinticuatro horas en virtud de un fenómeno natural!

¡No destruido por los germanos y otros pueblos groseros, sino arruinado por vampiros astutos, escondidos, invisibles, enemigos! No vencido, sino chupado… ¡La oculta sed de venganza, la pequeña envidia elevada a dueña! ¡Todo lo que es miserable, todo lo que sufre de sí mismo, todo lo que está animado de malos sentimientos, todo el mundo del ghetto que brota de una vez del alma y sube a lo alto!

Léase cualquier agitador cristiano, por ejemplo, San Agustín, y se comprenderá, se olerá qué inmunda gente subió al poder. Nos engañaríamos completamente si creyésemos que carecían de entendimiento los jefes del movimiento cristiano: ¡Oh, eran hábiles, hábiles hasta la santidad aquellos señores Padres de la Iglesia! Lo que les faltaba era otra cosa muy distinta. La naturaleza los ha olvidado, olvidó darles una modesta dote de instintos estimables, decorosos, puros…

Entre nosotros éstos no son ni siquiera hombres… Si el Islam desprecia al cristianismo, tiene mil razones para ello: el Islam presupone hombres…

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