El anticristo. 57

Se toma en flagrante la insanía de los medios de que se vale el cristiano cuando se compara el fin del cristianismo con el del Código de Manú; cuando se pone de manifiesto este contraste de fines.

El crítico del cristianismo no puede menos de hacerle despreciable. Un Código como el de Manú, nace como nace todo buen Código: resume la experiencia, la sabiduría y la moral experimental de largos milenios; concluye, no crea.

La premisa de una codificación de este género es el juicio que los medios con que crear autoridad a una verdad conquistada lentamente y a caro precio sean profundamente diversos de aquellos por los que se podría demostrar aquella verdad. Un Código no relata nunca la utilidad, las razones, la casuística de los precedentes de una ley: porque con ello perdería el tono imperativo, el tú debes, la condición para ser obedecido.

El problema estriba precisamente en esto. En un cierto punto de la evolución de un pueblo, la clase más juiciosa, o sea la que sabe mirar atrás y a lo lejos, declara establecida la práctica según la cual se debe o se puede vivir.

El fin de esta clase es hacer una recolección lo más posible rica y constante de los tiempos de experimentación y de las malas experiencias.

Ante todo, de lo que nos debemos guardar es de la continuación del experimento, de la preexistencia de un estado fluido de valores, del indagar, del elegir, del criticar los valores hasta el infinito. Contra esto se alza un doble muro; ante todo la revelación, o sea la afirmación de que la razón de aquellas leyes no es de origen humano, no ha sido buscada y encontrada lentamente entre errores, sino que ésta, como de origen divino, es completa, perfecta, sin historia, un don, un milagro, simplemente comunicada…

En segundo lugar, la tradición, o sea la afirmación de que la ley existía ya desde tiempo antiquísimo, y que el ponerla en duda sería contrario a la piedad, sería un delito contra los antepasados. La autoridad de la ley se funda en estas dos tesis: Dios la dio, los antepasados la observaron.

La razón superior de semejante procedimiento se encuentra en la intención de constreñir a la conciencia a que se retire, paso a paso, de la vida reconocida por justa (o sea demostrada por una experiencia enorme y sutilmente tamizada), de modo que se consiga el perfecto automatismo del instinto; esta premisa de todo género de maestría y de perfección en el arte de la vida.

Fijar un Código a la manera de Manú significa brindar a un pueblo la facultad de hacerse maestro, de llegar a ser perfecto, de aspirar al supremo arte de vida. “A tal fin hay que hacerle inconsciente”; tal es el fin de toda santa mentira.

La ordenación de las castas, la ley suprema y dominante, es sólo la sanción de una ordenación natural, de una ley natural de primer orden, sobre la cual no tiene poder ningún arbitrio, ninguna idea moderna.

En toda sociedad sana se distinguen entre si, condicionándose recíprocamente, tres tipos, que fisiológicamente tienen una gravitación distinta, cada uno de los cuales tiene su propia higiene, un campo de trabajo propio, una cualidad propia de sentimientos de la perfección y de la maestría.

La naturaleza y no Manú es la que separa a los hombres que dominan por su entendimiento, por la fuerza de los músculos o del carácter, de aquellos que no se distinguen por ninguna de estas cosas de los mediocres; estos últimos constituyen el mayor número, los otros son la flor de la sociedad. La clase más alta- yo la llamo los poquísimos- por ser perfecta tiene también los privilegios correspondientes a los poquísimos: entre los cuales está el representar la felicidad, la belleza, la bondad en la tierra.

Únicamente a los hombres más intelectuales les es permitida la belleza: sólo en ellos no es debilidad la bondad. Pulchrum est paucorum hominum; la belleza es un privilegio. Nada es menos permitido a aquellos que las maneras feas o una mirada pesimista, una mirada que afea, o una indignación ante el aspecto de conjunto de las cosas. La indignación es el privilegio del chandala; e igualmente el pesimismo.

El mundo es perfecto; así habla el instinto de los más intelectuales, el instinto que afirma: la imperfección, las cosas de todo género que están por bajo de nosotros, la distancia, el pathos de la distancia, el chandala mismo forma parte también de esta perfección.

Los hombres más intelectuales, como son fuertes, encuentran su felicidad allí donde otros encontrarían su ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismos y con los demás, en el experimento; su goce consiste en vencerse a sí mismos; el ascetismo es en ellos necesidad, instinto; y para ellos es un recreo jugar con vicios que destruirían a otros…

El conocimiento es una forma del ascetismo. Estos son la especie más honorable de hombres: esto no excluye que sean la especie más serena y más amable.

Dominan, no porque quieran, sino porque existen; no les es lícito ser los segundos. Los segundos: tales son los guardianes del derecho, los administradores del orden y de la seguridad, los nobles guerreros y sobre todo el rey considerado como la más alta fórmula del guerrero, del juez y del conservador de la ley.

Los segundos son los ejecutores de los intelectuales; la cosa más próxima a ellos, los que les quitan todo lo que es grosero en el trabajo de dominación, su séquito, su mano derecha, sus mejores discípulos.

En todo esto, lo repetimos, no hay nada de arbitrario, nada de fatal, lo que es diverso es artificial, entonces se hace daño a la naturaleza…

La ordenación de las castas, la jerarquía, formula solamente la ley suprema de la vida misma; la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad para hacer posibles tipos más altos y altísimos; la desigualdad de los derechos es precisamente la condición para que haya derechos en general. Un derecho es un privilegio.

Según su modo de ser cada cual tiene su privilegio. No despreciamos los derechos de los mediocres. La vida es siempre más dura conforme se va elevando aumenta el frío, aumenta la responsabilidad. Una gran civilización es un pirámide: sólo puede vivir en un terreno amplio, tiene como primera condición una mediocridad fuerte y sanamente consolidada.

El oficio, el comercio, la agricultura, la ciencia, gran parte del arte; en una palabra, todo el complejo de la actividad

profesional se armoniza únicamente con la moderación en el poder y en el desear; estaría fuera de lugar entre las excepciones, el instinto que le es propio contradiría tanto el aristocratismo como el anarquismo. Para ser una utilidad pública, una rueda, una función, es necesario un destino natural: lo que hace de los hombres máquinas inteligentes no es la sociedad, no es el género de felicidad de que son simplemente capaces la mayor parte de los hombres. Para los mediocres, ser mediocres es una felicidad; la maestría en una sola cosa; la especialidad es para los mediocres un instinto natural.

Seria totalmente indigno de un espíritu profundo ver ya una objeción en la mediocridad en si. Es, por el contrario, la primera cosa necesaria para que pueda haber excepciones; una alta civilización tiene por condición la mediocridad.

Si el hombre de excepción maneja precisamente a los mediocres con manos más delicadas que las que emplea para manejarse él y a sus iguales, ésta no es sólo una cortesía del corazón; es simplemente su deber…

¿A quiénes odio yo más entre la plebe moderna? A la plebe socialista, a los apóstoles de los Tschandala, que minan en el obrero el instinto, el goce, el sentimiento de contentarse con su propia existencia pequeña, que le hacen envidioso, que le enseñan la venganza…

La injusticia no se encuentra nunca en la desigualdad de derechos; se encuentra en la exigencia de derechos iguales… ¿Qué es lo malo? Pues ya lo he dicho: todo, lo que nace de la debilidad, de envidia, de venganza. El anarquista y el cristiano tienen un mismo origen.

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