El anticristo. 55

Demos un paso más en la psicología de la convicción, de la fe. Ya durante largo tiempo he invitado yo a considerar si las convicciones no son enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras- Humano, demasiado humano, I, aforismo 483-.

Ahora quisiera plantear la pregunta decisiva: ¿Existe en general una contradicción entre la convicción y la mentira? Todos creen que si; pero ¡qué no cree la gente! Toda convicción tiene su historia, sus formas previas, sus errores; se convierte en convicción después de mucho tiempo de no serlo, después de haber sido durante largo tiempo apenas tal convicción. ¿Cómo?

¿No podría también existir la mentira en estas formas embrionarias de la convicción? Algunas veces sólo hubo necesidad de un cambio de persona: en el hijo llega a ser convicción lo que en el padre era todavía mentira.

Por mentira entiendo yo no querer ver una cosa que se ve, no querer verla en el modo que se la ve; no tiene importancia el hecho de que la mentira se realice ante testigos o sin testigos. La mentira más común es aquella con la que nos engañamos a nosotros mismos; mentir a los demás es relativamente el caso excepcional.

Ahora bien: este negarse a ver lo que se ve, este no querer ver en el modo que se ve una cosa, es casi la primera condición de todos los que forman un partido, en cualquier sentido; el hombre de partido se hace necesariamente un hombre que miente. Por ejemplo, los historiadores alemanes están convencidos de que Roma fue el despotismo, que los alemanes han traído al mundo el espíritu de libertad.

¿Qué diferencia hay entre esta convicción y una mentira? ¿Nos podríamos asombrar si por instinto todos los partidos, aún el partido de los historiadores alemanes, tuvieran en la boca las grandes frases de la moral, si la moral sobrevive casi sólo porque el hombre de partido de cualquier género tiene necesidad de ellas a cada instante?

“Ésta es nuestra convicción: nosotros la profesamos a la faz de todo el mundo, vivimos y morimos por ella- ¡respetad a todo el que tiene convicciones!”-; cosas de esta índole he oído yo, hasta en boca de los antisemitas. ¡Al contrario, señores míos! Un antisemita no es más respetable por el hecho de que mienta sistemáticamente…

Los sacerdotes, que en tales cosas son más sutiles y comprenden perfectamente la objeción implícita en el concepto de convicción, o sea de la mentira sistemática, porque va dirigida a un fin, han heredado de los hebreos la habilidad de introducir en este lugar la idea de Dios, voluntad de Dios, revelación divina.

El mismo Kant, con su imperativo categórico, se encontró en el mismo caso: aquí su razón se hizo práctica.

Hay problemas en los que la decisión sobre la verdad o falsedad que contienen no está concedida al hombre: todos los más elevados problemas, todos los sublimes problemas de valor se encuentran más allá de la razón humana…

Comprender los límites de la razón, esto es precisamente la filosofía… ¿A qué fin concedió Dios al hombre la revelación? ¿Habría hecho cosa superflua? El hombre no puede saber por sí mismo qué es el bien y el mal; por eso Dios le enseñó su voluntad…

Moraleja: el sacerdote no miente, no existe el problema de verdadero o no verdadero en las cosas de que hablan los sacerdotes; estas cosas no permiten mentir. Porque para mentir se debería poder decidir qué es lo verdadero; pero el hombre no puede hacer esto; por consiguiente, el sacerdote no es mas que el intérprete de Dios.

Semejante silogismo de los sacerdotes no es simplemente judaico y cristiano: el derecho de mentir y la habilidad de la revelación son propios del tipo sacerdote, tanto de los sacerdotes de la decadencia como de los del paganismo (paganos son aquellos que dicen sí a la vida, para los cuales Dios es la palabra para decir sí a todas las cosas).

La ley, la voluntad de Dios, el libro sagrado, la inspiración, son sólo palabras para indicar las condiciones en las cuales el sacerdote adquiere el poder, por las cuales conserva su poder; estos conceptos se encuentran en la base de todas las organizaciones sacerdotales, de todas las formaciones sacerdotales y filosófico-sacerdotales.

La santa mentira es común a Confucio, al Código de Manú, a Mahoma, a la Iglesia cristiana: no falta en Platón. La verdad está aquí; estas palabras, dondequiera que son pronunciadas, significan: el sacerdote miente…

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