El anticristo. 54

No nos dejemos engañar; los grandes espíritus son escépticos. Zaratustra es un escéptico. La fortaleza, la libertad proveniente de la fuerza y del exceso de fuerza del espíritu se demuestra mediante el escepticismo. Los hombres de convicciones no merecen ser tomados en consideración para todos los principios fundamentales de valor y no valor.

Las convicciones son prisiones. Los convencidos no ven bastante lejos, no ven por debajo de sí; pero para poder hablar de valor y no valor se deben mirar quinientas convicciones por bajo de sí, detrás de sí… Un espíritu que apetezca cosas grandes y que quiera también los medios para conseguirlas, es necesariamente escéptico. La libertad de toda clase de convicciones forma parte de la fuerza, la facultad de mirar libremente…

La gran pasión, la base y la potencia del propio ser, aun más iluminada y más despótica que él mismo, toma todo su intelecto a su servicio; nos limpia de escrúpulos; nos da el valor hasta de usar medios impíos; en ciertas circunstancias nos concede convicciones. La convicción puede ser medio: muchas cosas se consiguen sólo por medio de una convicción. La gran pasión tiene necesidad de convicciones, hace uso de ellas, pero no se somete a ellas, se sabe soberana.

Viceversa, la necesidad de creer, la necesidad de un absoluto en el sí y en el no, el carlylismo, si se me permite la expresión, es una necesidad de los débiles. El hombre de la fe, el creyente de todo género, es necesariamente un hombre dependiente, un hombre que no puede ponerse como fin, que no puede en general poner fines sacándolos de sí.

El creyente no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un medio, debe ser empleado, tiene necesidad de alguien que se valga de él.

Su instinto atribuye el supremo honor a la moral de la despersonalización; a ésta le persuade todo: su habilidad, su experiencia, su vanidad. Toda especie de fe es una expresión de despersonalización, de renuncia de sí mismo…

Si pensamos cuán necesario es a la mayor parte de los hombres un regulador que les ligue y les fije desde el exterior, y cuánto la constricción, o en sentido más elevado, la esclavitud, es la única y última condición en que prospera el hombre débil de voluntad, y especialmente la mujer, se comprende también la convicción o fe.

El hombre de convicciones tiene en la fe su espina dorsal. No ver muchas cosas, no sentirse cautivo de nada, ser siempre hombre de partido, tener una óptica severa y necesaria en todos los valores, todo esto es condición de la existencia de semejante especie de hombres. Pero con esto se es lo contrario, el antagonista del veraz, de la verdad…

El creyente no es libre de tener en general una conciencia para el problema de verdadero y no verdadero: el ser leales en este punto sería pronto su ruina. La dependencia patológica de su óptica hace del hombre convencido un fanático- Savonarola, Lutero, Rousseau, Robespierre, Saint-Simon-, el tipo opuesto del espíritu fuerte y libre. Pero las grandes actitudes de estos espíritus enfermos, de estos epilépticos de la idea, impresionan a la masa; los fanáticos son pintorescos, la humanidad prefiere ver actitudes a oír argumentos…

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