El anticristo. 50

Al llegar a este punto no puedo prescindir de una psicología de la fe, del creyente, a favor, como es justo, de los creyentes.

Si tampoco faltan hoy personas que ignoran cuán indecoroso es el ser creyente- o cómo esto es un signo de decadencia, de falta de voluntad de vivir-, ya se sabrá mañana.

Mi voz llega incluso a los duros de oído. Parece, si no he comprendido mal, que hay entre los cristianos un criterio de la verdad que se llama la prueba de la fuerza. La fe nos hace felices: luego es verdadera.

Ante todo, se podría objetar aquí que la felicidad tampoco está demostrada, sino que no es mas que una promesa: la felicidad va unida a las condiciones de la fe; hay que ser feliz porque se cree… Pero ¿cómo se puede demostrar que efectivamente sucede lo que el sacerdote promete al creyente en un más allá inaccesible a todo control? La presunta prueba de la fuerza es, por consiguiente, a su vez la creencia en que no faltará aquel efecto que se nos promete por la fe.

Aderezado en una fórmula: “yo creo que la fe nos hace, felices; por consiguiente, la fe es verdadera.” Pero con esto estamos ya al cabo de la calle.

Aquel “por consiguiente” es el absurdo mismo tomado como criterio de verdad.

Pero supongamos, con alguna indulgencia, que esté demostrado que la fe asegura la felicidad (que la felicidad no es sólo deseada, no es sólo prometida de labios un tanto sospechosos, de los sacerdotes): ¿fue nunca la felicidado para hablar técnicamente, el placer- una prueba de la verdad? Dista tanto de serlo que casi es lo contrario; en todo caso es la más vehemente sospecha contra la “verdad”, cuando sentimientos de placer toman la palabra a la pregunta: ¿qué es la verdad?

La prueba del placer es una prueba para el placer, nada más. ¿De dónde se podrá sacar que precisamente los juicios verdaderos causan mayor placer que los falsos, y que, de conformidad con una armonía preestablecida, llevan necesariamente consigo sentimientos placenteros?

La experiencia de todos los espíritus severos y profundos enseña lo contrario. Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ello es necesario grandeza de alma: el servicio de la verdad es el más duro de todos los servicios.

¿Qué significa ser probo en las cosas del espíritu? Significa ser severos con nuestro propio corazón, despreciar los bellos sentimientos y formarse una conciencia de cada sí y de cada no. La fe nos hace felices, por lo tanto miente.

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