El anticristo. 43

Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el más allá- en la nada-, se ha arrebatado el centro de gravedad a la vida en general.

La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es benéfico, favorable a la vida; todo lo que garantiza el porvenir despierta desde entonces desconfianza. Vivir de modo que la vida no tenga ningún sentido, es ahora el sentido de la vida…

¿A qué fin solidaridad, a qué fin gratitud por el origen y por los antepasados, a qué fin colaborar con confianza, promover y proponerse un bien común?…

Éstas son otras tantas tentaciones, otras tantas desviaciones del justo camino: una sola cosa es necesaria… No se puede mirar con bastante desprecio la doctrina según la cual cada uno de nosotros, en calidad de alma inmortal, tiene igual categoría que los demás; y en la colectividad de todas las criaturas la salvación de cada individuo puede pretender una importancia eterna, y todos los hipócritas y semilocos (Dreiviertes-Verrückte) pueden imaginar que por su amor las leyes de la Naturaleza serán constantemente infringidas; no se puede mirar con bastante desprecio semejante elevación de toda clase de egoísmos que llega al infinito, a la impudicia…

Y, sin embargo, el cristianismo debe su victoria a esta miserable adulación de la vanidad personal; con esto precisamente ha convertido a sí todo le que está mal formado, lo que tiene intenciones de revuelta, lo que se encuentra mal, todo el desecho y la hez de la Humanidad. “La salvación del alma” significa “el mundo gira en torno a mí”…

El veneno de la doctrina de la igualdad de derechos para todos fue vertido y difundido por el cristianismo; partiendo de los rincones más ocultos de los malos instintos, ha movido una guerra mortal a todo sentimiento de respeto y de distancia entre hombre y hombre, es decir, a la premisa de toda elevación, de todo aumento de cultura: del rencor de las masas hizo su arma principal contra nosotros, contra todo lo que es noble, alegre, generoso, en la tierra, contra nuestra felicidad en la tierra

Conceder la inmortalidad a cualquiera fue hasta ahora el mayor y más pérfido atentado contra la humanidad noble.

¡Y no demos poca importancia al hecho de que el cristianismo se ha insinuado aún en la política!

Nadie tiene hoy ya el valor de los privilegios, de los derechos patronales, de experimentar sentimientos de respeto de sí mismo y de sus semejantes; de sentir el pathos de la distancia… ¡Nuestra política está enferma de esta falta de valor!

La aristocracia de la mentalidad fue más subterráneamente mi- nada por la mentira de la igualdad de las almas: y si la creencia en el privilegio de la mayoría hace revoluciones y las seguirá haciendo, el cristianismo es, no se dude, las valoraciones cristianas: ¡son las que convierten en sangre y delitos toda revolución! El cristianismo es una insurrección de todo lo que se arrastra a ras de la tierra contra lo que está arriba: el Evangelio de los humildes hace humildes…

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