El anticristo. 40

El hecho del Evangelio se decide con la muerte, está suspendido de la Cruz… Precisamente la muerte, aquella muerte inesperada y vergonzosa, precisamente la cruz, que en general estaba reservada solamente a la canalla, sólo esta horrible paradoja puso a los discípulos frente al verdadero enigma: ¿quién era éste?, ¿qué era esto?

El sentimiento sacudido y profundamente ofendido, la sospecha de que semejante muerte pudiera ser la refutación de su causa, el terrible signo de interrogación ¿por qué precisamente así?, este estado de ánimo se comprende harto fácilmente.

Aquí todo debía ser necesario, tenía un sentido, una razón, una altísima razón, el amor de un discípulo no conoce el azar.

Sólo entonces se abrió el abismo: ¿quién lo abrió?, ¿quién fue su enemigo natural? Esta pregunta fue lanzada como un relámpago.

Respuesta: el judaísmo “dominante”, su clase más alta. Desde aquel momento los hombres se sintieron en rebelión contra el orden social, al punto se sintió a Jesús como en rebelión contra el orden social. Hasta entonces faltaba en su figura este rasgo belicoso, negador, por la palabra y la acción; aún es más: era todo lo contrario.

Evidentemente, la pequeña comunidad no comprendió justamente lo principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la superioridad sobre todo sentimiento de rencor; ¡signo de cuán poco se comprendía de él en general!

En sí, Jesús, con su muerte, no pudo querer otra cosa que dar públicamente la prueba, la demostración poderosa de su doctrina… Pero sus discípulos estaban muy lejos de perdonar su muerte, lo que habría sido evangélico en el más alto sentido, o de “ofrecerse” a semejante muerte con dulce y amable tranquilidad de corazón… Prevaleció el sentimiento menos evangélico: la venganza.

Era imposible que la causa concluyese con esa muerte: hubo necesidad de represalias, de juicio (y, sin embargo, ¿qué cosa menos evangélica que la represalia, el castigo, el juzgar?) Una vez más pasó al primer término la expectación popular de un Mesías; se tomó en consideración un momento histórico: el reino de Dios había de venir para juzgar a sus enemigos…

Pero con esto se confundió todo: ¡el reino de Dios considerado como acto final, como promesa! El Evangelio, sin embargo, había sido precisamente la existencia, el cumplimiento, la realidad de este reino de Dios.

Entonces precisamente se introdujo en el tipo del maestro todo el desprecio y la amargura contra los fariseos y los teólogos, ¡y con esto se hizo de él un fariseo y un teólogo! Por otra parte, la salvaje veneración de estas almas salidas completamente de sus quicios no toleró ya la igualdad de

todos los hombres como hijos de Dios, igualdad evangélica que Jesús había predicado; su venganza consistió en levantar en alto a Jesús de un modo extravagante, en separarlo de ellos; lo mismo que en otro tiempo los hebreos, para vengarse de sus enemigos, separaron de ellos a su propio Dios y lo elevaron en alto.

El Dios único, el único hijo de Dios; ambos son productos del rencor…

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