El anticristo. 32

Insisto que no admito que se introduzca el fanático en el tipo del redentor: la palabra impérieux, de que se sirve Renan, ya basta por sí sola para anular el tipo. La buena nueva es precisamente ésta, que ya no hay contradicciones; el reino de los cielos pertenece a los niños; la fe que se hace sentir no es una fe conquistada, existe, es desde el principio, es, por decirlo así, una puerilidad referida al campo espiritual.

El caso de la pubertad retrasada y no desarrollada, en el organismo, como lógica consecuencia de la degeneración, es familiar por lo menos a los fisiólogos.

Semejante fe no se encoleriza, no censura, no se defiende, no empuña la espada, no sospecha siquiera en qué medida podría un día dividir a los hombres. No se demuestra ni con los milagros, ni con premios, ni con promesas, y mucho menos con la escritura: ella misma es en todo momento su milagro, su premio, su demostración, su reino de Dios.

Esta fe no se formula siquiera, vive y se guarda de las fórmulas. Ciertamente, el caso del ambiente, de la lengua, de la educación, determina cierto círculo de ideas: el cristianismo primitivo manipula únicamente ideas semiticojudaicas (el comer y beber en la Santa Cena forma parte de tales ideas; de esta idea abusó malamente la Iglesia, como de todo lo judaico).

Pero cuidémonos de ver en esto más que un lenguaje figurado, una semiótica, una ocasión de crear símbolos. Para este antirrealista el hecho de que ninguna palabra fuera tomada a la letra era la condición preliminar para poder hablar en general.

Entre los indios se habría servido de las ideas de Sankhyam, entre los chinos, de las de Lao Tse, sin encontrar diferencias entre éstas. Con una cierta tolerancia en la expresión, podríamos decir de Jesús que era un espíritu libre, rechazaba todo lo dogmático: la letra mata, todo lo que es dogmático mata.

El concepto, la experiencia, la vida, como sólo él la conoce, se opone para él a toda especie de palabra, de fórmula, de ley, de fe, de dogma.

Sólo habla de lo más entrañable: vida, o verdad, o luz son las palabras de que se sirve para indicar las cosas más intimas; todo lo demás, toda la realidad, toda la naturaleza, la lengua misma, sólo tiene, para él el valor de un signo, de un símbolo.

En este punto no debemos engañarnos, por grande que sea la seducción que existe en el prejuicio cristiano, o, mejor, eclesiástico: semejante simbolista por excelencia está fuera de toda religión, de toda idea de culto, de toda historia, de toda ciencia natural, de toda experiencia del mundo, de toda ciencia, de toda política, de toda psicología, de todos los libros y de todas las artes; su sabiduría consiste precisamente en que creer que existan cosas de este género es pura locura.

La cultura no le es conocida ni de oídas, no tiene necesidad de luchar contra ella, no la niega… Lo mismo se puede decir del Estado, de toda organización y de la sociedad burguesa, del trabajo, de la guerra; no tuvo nunca motivo para negar el mundo, ni siquiera sospechó el concepto eclesiástico del mundo…; precisamente lo que no puede hacer es negar.

También falta la dialéctica, falta la idea de que una fe, una verdad, puede ser demostrada con argumentos (sus pruebas son luces internas, sentimientos internos de placer y afirmaciones internas de sí mismo, simples pruebas de Fuerza).

Semejante doctrina no puede ni siquiera contradecir; no comprende que haya otras doctrinas, que pueda haberlas: no sabe imaginar un criterio opuesto… Cuando lo encuentra se entristece, por íntima compasión, de la ceguera- porque ve la luz-, pero no hace objeciones.

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