El anticristo. 26

El concepto de Dios, falsificado; el concepto de moral, falsificado; a este punto no se ciñó el sacerdote judaico. No podemos utilizar toda la historia de Israel: echémosla lejos.

Así dijeron los sacerdotes. Estos sacerdotes realizaron aquel prodigio de falsificación, del cual es prueba gran parte de la Biblia: transfirieron al campo religioso el pasado de su propio pueblo con un incomparable desprecio de toda tradición, de toda realidad histórica; es decir, hicieron de aquel pasado un estúpido mecanismo de salvación, un mecanismo de culpa contra Javeh y del consiguiente castigo, de devoción a Javeh y del consiguiente premio.

Experimentaríamos una impresión mucho más dolorosa de este vergonzoso acto de falsificación de la historia, si la interpretación eclesiástica de la historia, desde hace milenios acá, no nos hubiese hecho obtusos para las exigencias, de la probidad in historicis.

Y los filósofos secundaron a la Iglesia: la mentira del orden moral del mundo invadió todo el campo de la filosofía moderna. ¿Qué significa orden moral del mundo?

Que hay, de una vez para siempre, una voluntad de Dios respecto de lo que el hombre debe hacer o dejar de hacer; que el valor de un pueblo, de un individuo, se mide por el grado de obediencia prestada a la voluntad divina; que en los destinos de un pueblo, de un individuo, se muestra como dominante la voluntad de Dios, o sea como punitiva y remunerativa, según el grado de obediencia.

La realidad puesta en el lugar de esta miserable mentira, significa: una raza parasitaria de hombres que prospera únicamente a expensas de todas las formas sanas de la vida, la raza del sacerdote, que abusa del nombre de Dios, que llama reino de Dios a un estado social en el que el sacerdote fija el valor de las cosas, que llama voluntad de Dios a los medios con los cuales semejante estado es conseguido o conservado; que, con frío egoísmo, mide los pueblos, los tiempos, los individuos, por el hecho de que ayuden o contraríen el predominio de los sacerdotes.

Obsérvese cómo trabajan los sacerdotes: en manos de los sacerdotes hebreos la gran época de la historia de Israel se convirtió en una época de decadencia; el destierro, la larga desventura, se transformó en un eterno castigo por la gran época, por una época en que el sacerdote no era aún nada. De las grandes figuras de la historia de Israel, de aquellas figuras, muy libres, hicieron, según las necesidades, miserables hipócritas o socarrones o ateos, simplificaron la psicología de todo gran acontecimiento en la fórmula idiota de obediencia o desobediencia a Dios.

Un paso más, la voluntad de Dios (o sea las condiciones de conservación del poder de los sacerdotes) debe ser conocida; a este fin es necesaria una gran falsificación literaria, es descubierta una Sagrada Escritura, es publicada bajo la pompa hierática, con días de expiación y lamentaciones sobre el largo pecado. La voluntad de Dios estaba fijada durante dilatado tiempo: la desgracia fue que el pueblo se alejó de ella…

Ya Moisés había recibido la revelación de la voluntad de Dios… ¿Qué sucedió? El sacerdote había formulado, con rigor y pedantería, de una vez para siempre, hasta los grandes y pequeños impuestos que se debían pagar (sin olvidar los mejores trozos de carne, porque el sacerdote es un gran devorador de bistec), lo que quiere tener, lo que es voluntad de Dios… Desde entonces todas las cosas de la vida quedaban reglamentadas de modo que el

sacerdote era en todas partes indispensable; en todas las vicisitudes naturales de la vida, en el nacimiento, en el matrimonio, en las enfermedades, en la muerte, para no hablar del sacrificio (de la Cena), aparece el santo parásito, para quitarles su carácter natural, o, según su lenguaje, para santificarlas…

Porque hay que comprender esto: toda costumbre natural, toda institución natural (Estado, tribunales, bodas, asistencia a los enfermos y a los pobres), toda exigencia inspirada por el instinto de la vida, en resumen, todo lo que tiene en sí su valor, es, por el parasitismo del sacerdote (o del orden moral del mundo), privado sistemáticamente de valor, opuesto a su valor: y luego es precisa una sanción, es necesario un poder valorizador que niegue en aquellas cosas la naturaleza, y cree para ellas precisamente un valor…

El sacerdote desvalora, quita santidad a la naturaleza: a este precio, en general, existe. La desobediencia de Dios, o sea al sacerdote, a la ley, recibe de ahora en adelante el nombre de pecado: los medios para reconciliarnos con Dios son, como se ha convenido, medios por los que la sujeción al sacerdote es garantizada aún profundamente: el sacerdote es el único que puede salvar…

Desde el punto de vista psicológico, en toda sociedad u organización sacerdotal los pecados se hacen indispensables: son los verdaderos manipuladores del poder; el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de que haya pecadores… Principio supremo: “Dios perdona a los que hacen penitencia”; en otros términos: Dios perdona a quien se somete al sacerdote.

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